La historia de Ángel

Ángel Olmos

Todavía me queda mucha guerra que dar

Ángel vive en Aranjuez y es pastelero de toda la vida. “Un oficio muy bonito y que me encantaba, he disfrutado mucho trabajando”. Entró en la pastelería a los 17 años y no paró hasta jubilarse en 2010, unos meses antes de cumplir 65. Siempre encantado de estar rodeado de dulces, que le gustan tanto que hasta presume de ello con sus amistades: “me gustaría ir una vez a la semana a una pastelería para trabajar gratis ocho horas y a cambio poder comer el chocolate que me dé la gana”, nos cuenta orgulloso.

Ángel lleva más de cinco años jubilado, pero dice que está tan ocupado que no le quedan ratos libres: “siempre estoy haciendo algo”. Antes era “un negado” para la informática, pero ya se ha puesto al día con todo: vídeos, listas de MP3, fotos, páginas web… y le encanta pasar el rato en el ordenador. Cuando quiere relajarse disfruta leyendo y, sobre todo, escuchando música: tiene un reproductor en cada habitación. Lo de la música le viene de lejos, de cuando era joven. Incluso llegó a estudiar piano, pero le tiraba más el fútbol: “estás ahí con las teclas, do re mi fa sol, y estás oyendo al mismo tiempo ‘¡Gol!’ y llegó un momento que dije, fuera lo de estudiar música… pero me sigue encantando”.

Para este torbellino de energía, descubrir que padecía Leucemia Linfática Crónica fue un duro golpe. Se la diagnosticaron hace ya más de diez años, cerca de 2002, en una revisión rutinaria de la empresa. Tras detectar que tenía los leucocitos elevados, le enviaron al hospital 12 de Octubre para repetir la analítica y allí le llegó el diagnóstico. “Yo nunca había oído hablar de Leucemia Linfática Crónica, tan solo de la mieloide, de la que murió mi suegra”.

Tras el primer impacto, llegaron las dudas y una vez resueltas llegó la comprensión y la aceptación. “Mi hijo es ingeniero informático, investiga mucho y enseguida por internet lo saca todo, así que estamos muy al tanto de lo que es esta enfermedad”. Sin duda, para hacer frente a la leucemia ha sido fundamental el apoyo de su familia, a la que está muy unido. Dice que su mayor premio en la vida fue conocer a su mujer.

Después del diagnóstico de LLC, Ángel se convirtió en paciente del doctor de la Regla en el 12 de Octubre. A los poco años este doctor se jubiló, y siguió controlándole el doctor Javier De la Serna. Tenía que hacerse analíticas cada dos meses pero, por lo demás, su vida seguía con total normalidad: “seguí trabajando, me quedaban casi diez años para dejarlo y yo no me resentía de nada”. Mientras tanto, los leucocitos continuaban disparándose: el valor máximo normal está en 11.000 y en su caso los análisis llegaron a indicar 302.000. Hasta que llegó el tratamiento que lograría revertir la situación.

Poco después de su jubilación, le ofrecieron participar en un ensayo clínico de un nuevo medicamento y decidió apuntarse: “malo no puede ser, y si es bueno, va a ser mejor para mí”, concluyó. El tratamiento consiguió el efecto esperado, y el 21 de mayo de 2012 (apenas duda al recordar la fecha) recibió la última dosis. Desde entonces no ha vuelto a tomar ninguna otra medicación para la leucemia.

A día de hoy, Ángel hace su vida tranquilo y sin temores. Trasteando con el ordenador, saliendo a los recados, quedando con sus muchas amistades… Los médicos le han comentado que pasados tres años del tratamiento, puede volver a empeorar, pero no le preocupa porque sabe que puede volver a ser tratado. Ahora reivindica que todos los pacientes puedan tener acceso a las terapias innovadoras que necesitan: “yo pienso que toda persona tiene derecho a ser curada con una medicación que le vaya bien”.

Cuando le preguntamos qué aconsejaría para afrontar la vida cotidiana con LLC, Ángel lo tiene claro: “tomárselo todo menos en serio”. Nos explica que su problema siempre ha sido el ser demasiado perfeccionista, querer que las cosas se hagan bien siempre. “Me he preocupado demasiado, he querido arreglarlo todo y no he podido arreglar nada”. Pero ahora se siente satisfecho, tanto que dice que ya no ambiciona siquiera que le toque la lotería: “¿para qué, si luego no voy a saber gastarlo?”.

Y así, día a día, la vida sigue. El sábado que viene ha quedado con unos amigos para ayudarles a hacer tarta de San Marcos, su postre favorito y el que más le recomienda a todo el mundo. A cambio, claro, se llevará una parte a casa para poder disfrutarla. Y es que si fuera por él, Ángel comería tarta de San Marcos “uno, o dos, o tres días a la semana por lo menos… y mi mujer también, pero le han dicho que se tiene que privar”. No cabe duda de que, Ángel es un ganador y que como él mismo afirma, todavía le queda mucha guerra que dar.

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